"Sucha"-II-

la que pendía una estrella de cristal de roca.  ¡Te sentaban bien, muy bien, los escotes cuadrados!.

              Después de la muerte de Ivám, mi compañero de universidad.  ¿Lo recuerdan ustedes?.  Sí.  Iván, él que se había ido a Alemania a dirigir una revista internacional, ese mismo, se había cruzado en el camino de mi amiga.  ¡Qué destino, no!.  Agustín, tu primer amor.  Ciertamente, después de Iván y el accidente, donde Sucha perdió la movilidad de sus piernas, yo no tenía ganas ni empuje para seguir.  Esa energía de empuje que retira los titubeos del camino, la que nos hace apoltronarnos en un sillón hasta que nos atienda el jefe del banco, que ya, nos ha escrito diciéndonos que no puede hacer nada por nosotros y que tienen que embargarnos la casa, o que el crédito fue denegado. Ya, todo se quedaba en sellos.  Era impresionante, ver, cómo con un poco de tinta, una gomilla, y un papelote, podía cambiar una vida.   Luego, empezabas a oír en los corredores de todos esos recintos donde se ponían ese tipo de “aprobado” o “denegado”, que las gentes comenzaban a hablar de fe.  De milagros.  Las paredes retumbaban a mi paso, gritándome, “<ya, verás, ten fe, prende una velita a “San Patrón de/sí-tu/todi-mi-lo.arreglas-,  yo-too-ti-lo-ofrendo>, yo, como siempre, me preguntaba, ¿es esto la fe de fe;  o era realmente creíble que la energía se movía con aquello, de la fe, mueve montañas?.  Y es que cada vez que perdemos el valor, el empuje o la motivación ante la adversidad,  ante las escaramuzas de  nosotros mismos,  o perdemos las ganas de construir, nos amparamos en un recurso de apelación a nuestros propios sentidos porque necesitábamos algo que nos mantuviera vivos, esperanzados.    Ahí entraba la fe.  En mi caso, era escribir.  Por eso, no me había importado nunca, tanto como ahora, el medio de difusión.  ¡Qué importaba la revista, o el periódico o mis novelas??.  De alguna forma, eran yo y mis ideas, omo los dolientes con su fe.  Su fe y ellos, y viceversa.

          Manejábamos la fe como que si algo que esperábamos con ansia  se cumplía,  entonces, nos dábamos como un permiso subsconciente y complaciente para seguir creyendo  que existía  ese “algo”;  que de todas formas, aunque  no veo y no sé si existe, es mi vara de camino.  Sobre todo cuando las cosas no se cumplían a nuestro antojo, era cuando más despechados nos volvíamos con el destino, entonces botábamos-piedra, gritábamos, pataleábamos, para después autoinducirnos a decir, “<bueno, eso no era para mí, ellos sabrán>, o <no era el momento adecuado>”.  ¿Y cómo sabían esos ellos que el momento no era el adecuado?, ¿cómo saben esos ellos  que no podían pasar numerosas cosas en la vida de alguien, en tal tiempo, y que las llamada pretensiones universales, ya, después no le sirvieran a ese alguien,  o no desde el mismo espacio y tuviesen que ser modificadas de nuevo?, pues, como se dice por ahí, “para muestra, un botón”, ya que las personas, aunque conservemos esencia,  no vamos siendo las mismas. Vamos mutando.

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