"Sucha"-II-

en mi mano derecha y lo observaba pensando cuánto tiempo hacía que habías regresado de Noruega, ¡cuánto, mi querida Sucha que estábamos así!, cuánto tiempo había pasado después de tu recuperación.  Nadie diría que estuviste casi un año entre terapias y recuperaciones de olores fríos, de metales plateados, de dolores punzantes, de voluntades domesticadas.  De cualquier forma, esta noche te veías, como ese día, resplandeciente.  Antes de llegar a la sala, me había metido por entre los bastidores y llegué hasta tu camerino.  <¡Estás espectacular!, ¿qué te hicieron?>.  <¿Te parece que estoy bien?>, <¡cielos!, me agradas muchísimo!>. 

               Por sus ensayos, Sucha, permanecía siempre con el cabello recogido sobre la nuca con horquillas doradas encajadas en un moño bajo.  Esa noche, le habían soltado su abundante y hermosa cabellera que le llegaba cerca de los hombros.   Le habían dado unas leves, muy leves ondulaciones casi marinas, y me agradaba verte distinta, me gustaba lo tenue de tus mejillas retocadas, me henchía poder sentir los cambios, me agradaba oírte tararear; me fascinaban todas y cada una de las posibilidades que pudieras crear en tu ser.  Definitivamente todo lo que representara una forma de vida creadora, un movimiento hacia lo luminoso, como la risa,  los contrastes,  el claroscuro, el renacimiento, me invadía y me sobrecogía constantemente. Te parecías a una ninfa mitológica de los mares universales, no tenías un contexto específico; llevabas puesta una túnica de organdí estampada en tonos ocres, pero vivaces, y te perdías entre lo místico de la tierra de donde era oriunda la flor del mismo nombre de tu vestimenta, de las mezclas errantes que estaban más allá de Toledo,  más allá de los regentes solares que engendraron la leyenda de Manco Cápac, por encima y por detrás de los sueños que habías truncado entre tantos silencios.  Y así podría seguir, y seguir...y cada vez te iría encuadrando más sin encasillarte en ningún ámbito.  Existía entre nosotros una ternura armónica que no podíamos contener, o mejor dicho, que hacíamos esfuerzos por contener en los caminos que estábamos transitando.    

            Alzaron el púrpura de las cortinas.  Las primeras ovaciones; nos pusimos de pie, saliste radiante, con un último toque, que no me habías dejado ver, premeditadamente, porque sabías que me gustaban las sorpresas.  Como la túnica tenía un extraño canesú cuadrado que descendía hasta las tres cuartas partes del pecho, te colocaste allí, sobre la piel enamorada, una pequeña gargantilla de

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