¡Qué Locura!

y entonces, también, sabrán que donde ese poder infinito se empieza a recargar estamos interconectados, continua-mente, para que nosotros seamos ustedes, o uno de ustedes, y ellos, uno de nosotros, una vez más.  Y si no lo ven así; sólo diviértanse con la Locura de ¡Qué Locura!.

 

Estamos ahora frente a ti, donde el arte de vivir constituye el rehacerse interminablemente tratando de servirle de comodín al misterio develado de la espiral o de lo eterno, o como quiera que éste se llame. O al menos eso es lo que creo. Estamos donde necesitamos derribar montañas para hacer muchos más túneles, más carreteras, que nos permitan elaborar rutas nuevas. Aunque a mí me gustan más las autopistas aéreas; pero si no existen las primeras, dificilmente podremos “basar” a las segundas, por muy áereas, que quieran “ser”.  Así que, para ciertos procesos no quedaría más que usar TNT ¨del efectivo”, sólo que “astral”  para derribar los muros de isolación o  falsos asideros, como buena paradoja de lo construído por  lo anti-humano, o posiblemtente, había sido al revés; lo humano se había vuelto anti; por el gen de la “revolución”, que llevábamos muchos, innato, el cual había que amaestrar, y no domesticar.

Remontándonos a los orígenes del señor Mírsolaá, existen algunas cosas que es menester hacer el intento aclarar, para que sepan, aunque no entiendan a cabalidad ahora, a dónde los llevará él –y es sitio profundo y no poco magro- del que saldrán totalmente ¿?, al menos espero que no lo suficientemente desconcertados, si alentados, para que puedan marcar algunas diferencias significativas en sus vaivenes; quizás –con suerte, dirán los menos optimistas-.

 Sé que poseo un nombre, -diría Mirsolaá- extraído de la combinación de una serie de letras.  Viene de eso que en la Tierra, llamamos un alfabeto, y esto es así porque tengo que seguir una identificación, en este espacio, el terrestre.  Esto es una especie de código de diferenciación que nos permite anclarnos a algo que parece ser real –como todo lo demás en el planeta que estaba signado y casi estigmatizado para que, de alguna forma, nuestros sentidos tentados a evadir la vida se bebieran los dolores y siguieran procreándose creyendo que sí existía una ruta de caminos verdes, dentro de la ilusión. Sin embargo, a mí me había servido el estigma, para instar a otros a que, en conjunto, concientizáramos a los objetos, a los sujetos, y  a las acciones,

Páginas