"Ojalá, y no desaparecieras!

por qué los Dioses podían  caerse entullecidos por sus orgullos, y por qué, de hecho se venían hasta aquí.  Llegó a entender por qué otras especies eran saboteadas por el efluvio.  La Tierra era un verdadero imán encantado.  Cerró los ojos, aspiró profundamente y dejó correr el aire en vaivenes de equilibrio, en el interior de su mente sensorial, esperando que esa propiedad mental lo envolviera y, entonces se sintió, que recuperaba su centro ¿la Medida con lo Universal?.   Algo así, lo llamaban los terrestres.  En realidad, Daya quería explicarles que era otra cosa, algo más grande.  El guante que cubre la mano, que la protege, que puede ser ....Y piensen ustedes, ¡qué cantidad de cosas más podría ser!. Abrió los ojos y la sensación de imán encantado había desaparecido. 

          Giró en redondo y se encaminó hasta la nave, de tonos plateados y metalizados.  Se podía leer que la pintura era  de esas  que trasponen los colores unos sobre otros, parecía más bien una calcomanía iridiscente.   De pronto, detuvo sus pasos, se arrodilló y siguió con sus pulgares un camino que se asemejaba a un surco estampado debido a la temporada de prolongada sequía.  El surco era reciente.  Alguien más había estado allí, husmeando, -tendría que tener cuidado-, pues ahora sabía que no estaba solo. 

     Se irguió sin dificultad y observó los alrededores con cierto resquemor.  Cuando se sintió seguro comenzó a andar por el sendero en busca de su anónimo y furtivo acompañante.  Un bulto pequeño asomaba sobre el césped;  los colores le habían tocado su centro de atención, se agachó y recogió el bulto.  Le dio vuelta al libro abandonado -o dejado allí con un propósito-, y leyó atentamente su título "Detrás de la puesta del sol".  Las páginas amarillentas indicaban unos cuantos años desde su publicación, de manoseo, quizás de cierto inconformismo por aquello que quedó sin decir, o por lo que no se captó, o por lo que no se expresó en su totalidad.  Miró la fecha de publicación:  1970.  Daya lo abrió siguiendo la ruta del simple porvenir (del acertijo diario) y leyó:

 

"Me coso a mi propia tempestad me coloco en el medio/ Y ya soy nadie".  Había un nombre: ---------; bajó la mirada aún más, haciendo gestos de incomprensión, y luego la elevó al cielo esperando la certidumbre de una respuesta a su pensamiento.  Sintió una presencia extraña.  Se volteó y miró hacia sus

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