"Ojalá, y no desaparecieras!

resguardarse de cualquier percance.  Se colocó justo debajo de la nave y apretó un pequeño dispositivo de acero que permitió la abertura de una contrapuerta donde se guardaban  toda clase de herramientas e instrumentos de reparación, pero aún así sólo los más irrelevantes; los otros -los de  emergencia- se guardaban en el interior de la nave.  Tomó lo que creyó necesarios para reparar el bastón de mando, -debía ser un cortocircuito-, y se dirigió nuevamente al interior del aparato.

           Empezó por tomar el soldador entre sus manos y colocarlo en el mesón aledaño a las butacas de piloteo.  Se sintió mareado, quizás el nivel del mar.  Creía necesitar oxígeno, no podía respirar.  Salió rápidamente de allí y se sentó en el piso con las piernas extendidas hacia el frente y respirando profundamente.  Mientras  el color volvía a sus mejillas, pensó en lo difícil que era conjeturar sobre destinos, tiempos y soluciones “reales”, porque de una u otra forma,  mientras se especulara, las “fuerzas” que existían irían de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante.

           Aunque todavía se sentía algo mareado se puso de pie y contempló  el lugar con asombro.  ¡Tantos años  y cómo no había sabido de ese sitio!.  No se divisaba forma de vida humana alguna; pero allí se veían simbolizados y existentes rastros de vida, en cualquier ángulo.  Daya se perdía entre las formas pacíficas y reconstructoras de los paraísos culturales, una fusión exótica e incomprensible, como lo sería del Taj Mahal y Stonehage.

         Las piedras asimétricamente marinas  coloreaban el paisaje y le otorgaban un sentido.   Las formas y los contenidos se encerraban unos en otros y se hacían libres al mismo tiempo, como se conjurara con el concepto universal. O al menos, con el concepto que se nos había querido dar a nosotros, para empezar a ser algo más buscadores y menos rebaño. Podías leer en las ágatas de esa valle desencadenado, el origen de la vida, ese sentido de la existencia ¡tan buscado y cacareado! en el principio y en el presente.  Para Daya Almah, simbolizaba una visión, una circunstancia; la interpretación de un destino, may be, en transición.

         Se acercó al borde del precipicio y divisó el Mar Caribe adornado por las traviesas olas de un mar picado; subyacente, sin nostalgias, pero conquistador de rebeldías adolescentes.  Se sentía embriagado y llegó a entender  por qué en la Tierra  todo se dejaba envolver, y

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