"Gateando por los peldaños"

porque puedes leer sus vacíos,  sus finales, o su contrapeso apoyándose sobre ti, quizás con una mueca de desagradecimiento, sin  interior palpable –al menos, para ti-, sin caballeriza para alimentar aquello que decidiste, un día, sería tu responsabilidad y, cuando eso pasaba, definitivamente ¡nos disgustaba!.  Entonces, te diste cuenta por qué siempre la gente solía darle tanto significado al primer amor, siempre adolescente –porque independientemente de la edad a la que éste se presentara, era el primero, y tendrías que aprendértelo todo, por lo menos, lo primordial- y era porque no te hablaba de vicios, a excepción de  las esencias que tuviesen “defecto de fábrica” –que de que las había, las había-.  Contrario a esto, lo que veíamos eran “shows” de personas transitando entre sí, diciéndose: ¡Lástima que en el tiempo se desvirtúe lo hermoso del tiempo mismo, de lo conquistado, de la fuerza, de la ilusión, de los mimos y las seducciones!, ¡lástima que no sepamos cómo crecer al mismo “tiempo” para mantenerse en la misma energía, en la misma sintonía!, bueno, esto no lo expresaban exactamente así, y tanto ustedes como yo, lo sabemos; pero al final ese era el significado más valorativo que, desde aquí, podía dárseles a las comunes ilusiones desilusionadas.   Sin embargo, yo sabía, que esto era sólo una parte del proceso, que se podía aprender mucho más en cada nueva existencia dentro de una misma vida y tiempo; y también, que se podía mordisquear en cada etapa algo de la adolescencia, -lo importante era  que se generara frescura-, llenos de nuevas sabidurías, renaciendo constantemente; ahí era  donde se constituían los amores  atemporales.    Debía recordarles, a aquellos que dan todo u ofrecen el máximo, con la significancia de “no esperar nada a cambio”, que esto era y es un paradigma errado, que la verdadera incondicionalidad estaba en estar presente en los presentes, pasados o futuros necesarios; eso era lo realmente válido.  Debía aclararles, que en aquellos casos en que los terrenos se volvían o siempre habían sido valdíos, realmente, no había  nada mejor que hacer, nada que buscar,  y aún y considerarando que esto pudiera ser sólo una percepción de sus miradas no tan inocuas sobre las vidas adquiridas, era y es necesario poner límites a los posibles abusos de tu identidad buscando siempre aquello que otorgue beneficio mutuo.  Debo acotar, también, para aquellos que ya habían pulido y  habían otorgado joyas preciosas que tu trabajo, tu entrega o el levantamiento, con tus manos, de sueños ajenos a los tuyos, que eso, en sí,  era tu más valioso tesoro; eso, ¡tampoco te lo podría quitar nadie!, más allá de lo permitido o retribuído por ese espacio tiempo determinado.  Y, ahí, más allá de la lluvia opalina y del vidrio intrascendente,  recordé que todo lo que vivíamos eran deslatres de conciencia, algunas veces para  vivir “cosas” más trascendentales; otras, por simple ley de purificación.  Era por ello, entonces, que nunca podíamos saber “suficiente”, que al final, toda “perdida” (revisar catálogo de percepciones),realmente, formaba parte de ganancias reales y adquiridas, tesoros invaluables –como dije anteriormente; pero esto sólo podíamos verlo cuando nos enfrentamos a ellas, ilimitando nuestro estado terreno de conciencia.    Desde ahí amansé a la comprensión, la que es enseñada por las modificaciones entre lo tangible y lo que no lo es, pues las aguas de ríos que se estancan invalidan los espíritus, y, por eso, también, cocreaba dulzura desde alguna parte, continuamente, porque mientras nos mantuviéramos invalidados estaríamos donde no podemos morar “atemporalmente”.

         Se suspende “el palo de agua” (y hablas de suspender la lluvia como si de un juego de fútbol se tratase, cuál campo inundado e infatuo para seguir efectuando maniobras en ese momento, pero, quizás era así de simple para los Guardianes de los elementos terrestres cuando así lo decidían) e intentas imaginar en el recién construido arco iris, tal cual, el camino de restauración del ser humano.  Imaginas e inventas el olor  a tierra húmeda, el frescor del llanto de una tierra arrepentida, el aroma de un chaguaramo en flor mezclado con la ondeante neblina de los días ambigüos.

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