"Gateando por los peldaños"

para este hombre, ¿sino por qué habría de molestarse en correr, cruzar la calle en rojo y cargarlo hasta una clínica?.  Ahí era cuando te otorgabas tú misma, la razón, para negar rotundamente que Caracas, como muchas otras ciudades del planeta pudiesen tener las   pieles de piedras calizas, al menos, si eran metamórficas…habrían señales de posibilidades…

         Te asustas al golpetazo seco de las primeros goterones  de los chubascos de Junio sobre los ventanales.  Al impacto, cierras levemente los ojos y te retiras unos cuantos pasos de la ventana.  Sientes un frío que te estremece, una humedad en los huesos, en esa mezcla del aire artificial con las ráfagas de viento que se colaban a través de las rendijas del marco plateado, con el aire acondicionado de esa estancia en donde estás, reconociendo que tu vida, también yacía entre dos brisas, la temporal y la atemporal.  Siempre fusionadas, aunque a veces, cuál corredora de Fórmula 1, una de ellas intentaba sobrepasar a la otra; tú las dejabas hacer.  Unas veces permitías que se adelantasen y se ganasen entre ellas, así te podías divertir contigo misma y observar otros retos; y en otras ocasiones garantizabas el empate porque desde allí, también había otro tipo de diversión, más densa; pero diversión al fin y al cabo.

         Dos parpadeos y vuelves a divisar a través de la ventana empañada, la vida corriendo cauce abajo.  ¡Nada!.  No te llaman.  Miras tu reloj de pulsera, que por fortuna de tu trabajo, no has tenido que comprar en una tiendecita de bisutería barata (que ya no existiría) en la esquina La Marrón, -pleno Centro de despelote, en la ciudad de Caracas- y querrías que ya hubiese transcurrido el día.  Era uno de esos días en que presientes a alguien acechándote.  Al levantar la mirada parda y circunspecta, soleada, más no en soledad, descubres calle arriba, por esa avenida Eraso a los sueños de “tus cerros”, corriendo, escapando del aguacero, mordisqueando  un trozo de pan, sostenido en  una mano; en la otra, apretando una cadena de tres o cuatro hermanos, y en la mirada, la esperanza vacía de carecer de aquello que le correspondería por derecho, según su percepción de lo existente.  Los ves resguardarse en una agencia de lotería que casi colinda con el final de esa calle.  Se sientan en los escalones, apretándose entre sí, extendiendo la mano, cada vez que uno de los clientes salía,

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