"Gateando por los peldaños"

resultaría ser.  Así debía ser; tu levante en cada acción, era tu línea de vida:  lo que te sustentaba, y eso sería lo único que nadie o algo podría nunca deshacer o despojar-te; era tuyo, simplemente porque esa eras tú, pero no tu yo, sino la conciencia de lo que éramos todos.

         Esperas.  Sabes que te van a llamar.  No recuerdas para qué, estás haciendo catarsis con tu pensamiento.  Vuelves los ojos hacia el otro lado de la avenida y puedes divisar parte de la avenida Panteón.  Una silla de ruedas tropieza con una alcantarilla abierta y se vuelca en giros cuasi redondos; la figura empelotada de su ocupante da leves volteretas, a unos cuantos metros,  situándose por delante de la silla; hasta que él, -sí es que fuere un hombre- logra aferrarse a un árbol de avenida; se sostiene con fuerza como si quisiera impedir que el aire lo vapuleara por los cielos.  La silla sigue rodando, calle abajo, nadie la detiene, brinca el borde de la acera y se queda en plena vía; un frenazo impide el aplastamiento del objeto, otro frenazo detrás del primero, y un tercero hace que uno de los vehículos se incruste por detrás del  segundo, y, luego otro, detrás de la camioneta Ford, año ¿84?; ya nada podía impedir el desastre que se estaba gestando.    Ahora, quedaban, la silla aplastada, los transeúntes cabizbajos, chismeando, especulando.  Además, ahora, habría que esperar a los peritos en la materia; mejor dicho, a que nuestra Señora Inspectoría de Tránstio Terrestre, decidiese apersonarse en el sitio,  buscar un “culpable” más que un responsable –lo cual, era más asertivo para ellos, pero menos lineal en cuanto a acciones de vida se refería-, levantar el choque, hacer las boletas y dar rienda suelta, de nuevo, a la circulación, eliminando el tráfico que ya empezaba a formarse.  Un hombre, gigantón, como de cuarenta años, corpulento, con el pelo negro aún, acelera sus pasos, intenta atravesar la vía con el semáforo en rojo para él, va pidiendo paso, entre sus brazos lleva un cuerpo inane.  ¿Era él?. Así parecía. Lo miras fijamente y descubres que sí, que es el hombre de la silla de ruedas.  Se le ve anciano, débil, decrépito, intentando hacer aspavientos con las manos.  El hombre cuarentón con su ¿experimento de bondad? se perdió en las fauces del Hospital de Clínicas Caracas; imagino que buscando un “mano a mano”

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