"Camaleones"

estaba claro.  Lo que sucede es que no sé lidiar con todo al mismo tiempo, -pienso, mientras sé que hay que seguir atravesando puertas- aunque Tonino dice lo contrario.  Dice que envidia mi fortaleza.  Sus palabras, al menos, me obligan a seguir en mi nuevo reto, aceptar la vida y entonces, tratas de sonreírle.

                 He caminado hasta la estancia que ocupa Patchai y me puse, como distraída a mirar por la ventana, tratando de acertar los tumbos de cada automóvil que atraviesa la avenida Solano, mientras la humareda caraqueña nubla aún más mis perspectivas, mi ruta de amores encendidos...¿Cómo expresar, y más aún, cómo entender toda la vida que cabía en algo como esto?.    Antes de seguir, debo  reconocer, decirles, y repetirme a mí misma, cuán afortunada había sido.  Yo había encontrado lo que todos buscan inconmensurablemente, o más.  Aún encontré más.  Mucho más.  Demasiado, quizás para esos años.

              Me sobresalta un estruendo que abusa de mi pacificidad momentánea.  Es el escandaloso sonido del timbre.   Desvío mis ojos hacia Patchai, y lo veo, cálidamente dormido, con sus manos gigantes, tendidas hacia afuera y a lo largo de la cama.  Casi en los labios, entre las mejillas, y estos últimos, al roce con el aire, lo toca mi beso.  Salgo, entornando la puerta de la habitación lo suficiente para que no le molestase el ruido de voces.  Caminando hasta la puerta he tropezado con un doblez imprevisto de la alfombra y siento dolor en el tobillo, sin embargo, me recompongo y llego hasta la puerta, -debía ser Tonino-.  De hecho, le habíamos dado llaves del departamento, pero ese tiempo en que yo permanezco aquí, él lo respeta y siempre toca el timbre.  Tonino se inclina, un tanto, lo suficiente, como para quedar a mi altura y me abraza, me estampa un gran beso en el cachete y sigue abrazándome hasta llegar a la sala.

                  -Hola, ¿cómo estás?, ¿cómo te sientes? -me ha preguntado, casi melancólicamente Tonino-.

                  -Estoicamente: BIEN!.  Siendo realista:  sobreviviendo a la supervivencia.

                  -¿Cómo pasó la tarde?

                  -Se quedó dormido.  Ya lleva cinco horas ininterrumpidas descansando.

                  -Eso le hará bien.  ¿Te cuesta mucho verlo en ese estado, verdad?.

                  -Lo que me cuesta es su dolor, aceptar que su termino ha sido tan dramático -he dicho yo lentamente, como tratando de aceptar y entender ¿el destino?-.

                  -¿No crees en los milagros?.  ¡Deberías ser más entusiasta en ese aspecto!.

                  -¿Y aferrarme a

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