"Camaleones"

en toda la avenida Urdaneta, en un vejestorio desinmaculado, allí, en sus oficinas; vería a Nicolás.  Recordé a Tonino, diciéndome: 

-“Tienes que comer, tienes que cuidarte”-.  Entonces, antes de subir a “Textiles Rachidas”, he tomado un batido de lechosa y me he comido un bocadillo de queso amarillo, que por cierto, está rancio, y su color, ya ni siquiera se parece al de Piolín, aunque si se pareciese mucho, habría que preocuparse.  Mirando el reloj, he comprendido la necesidad de apurarme y subir a las oficinas de Nicolás sin más dilaciones.

                  He llegado al piso séptimo, camino por el pasillo buscando los textiles Rachidas; al llegar a la puerta, alguien del personal interno ha accionado un interruptor y yo he podido colarme a través de los cristales que separan el pasillo de las oficinas.

             -Buenas tardes, por favor, el señor Nicolás Rachidas, tengo cita con él, a las cuatro.

             -Buenas tardes, sí...cómo no, ¿a quién debo anunciar?.

             -Michelle...

             -¡Ah, sí!.  Tome asiento, por  favor.  El señor Rachidas la está esperando.

              La secretaria, toma el teléfono y marca una extensión, reconocible por el uso de un solo dígito, la oigo anunciarme, y respetuosamente, la observo mirarme de reojo.

              -Ya la atienden.  Un segundo, por favor.

               Diez minutos.  Las cuatro en punto.  Un timbre telefónico suena en la recepción, el cual avisa, a la chica de que puede hacerme pasar, mientras pienso en esto último, escucho:

              -Puede pasar, Michelle.  La están esperando.  Segunda puerta a la izquierda, siguiendo el corredor.

             Una vez frente a la oficina de Nicolás, me he detenido, quedamente, suspirando y pidiendo centro, antes de tocar.  Respiro, profundamente. Tomé, nuevamente aire, largamente ahora.  Paciencia...sutileza...intensidad del mismo centro de mi ciudad, en una sutil decadencia ahora,  para lo que me esperaba allí...Toco la puerta, entonces.  Una voz altanera y grave me indica <adelante, puedes pasar>.  He girado el pomo y empujo la puerta hacia dentro de la oficina, quedando al descubierto el rostro impasible, seco de Nicolás, por detrás del  escritorio de madera y vidrio torneado (creo que de nuevo, me he puesto a pedir ayuda a algún Imperio Celeste).

           -Adelante, nena, ¡adelante!, siéntate –me ha dicho Nicolás señalándome con su mano derecha una butaca gris (como su aspecto), situada frente a él.

             -Buenas tardes, Nicolás, ¿cómo estás?, he dicho yo, entre contrariada, y ajena, por su expresión impávida y el gentil, pero no desdeñado tono de su voz.

             -Yo bien. 

Páginas