"Camaleones"

efectos de la inyección, ligados con el no querer estar allí.  Aunque fueran esos últimos días, yo quería permanecer junto a él, a Patchaï; pero los amores ocultos tenían su doble caparazón, y ¿a estas alturas, para qué?; probablemente, sólo empeoraría las cosas, y definitivamente, ¡mejor lo que teníamos, a no tenerlo!.  Apenas he tenido fuerzas para saludar, como quien no quiere la cosa, y achacar una jaqueca invariablemente desconsiderada, la cual me obliga a meterme en la cama.  Silente y terco espacio donde la imagen reflejada en el espejo de ese cuarto, que alguna vez fue mío, y que, ahora, sólo reflejaba el tiempo que quería cumplir mi tiempo, a su lado, a la vera de mi cariño… También, sabía que ya no sería, nunca, la misma.   Tampoco pretendía, ni quería ser la misma o lo mismo, para nada; sólo pensaba en la capacidad que poseía el espejo de estar siempre ahí, viendo pasar las imágenes, incólume, como la mente. Lo que sí era definitivo, era que esa transición donde manejar tantos sentimientos no era suave, incomodaba a un porcentaje de mi mente; enfrentaba la dulzura con el eco de mi fortaleza.  A pesar de que Patchaï y yo estuvimos juntos un año antes de su enfermedad para mí había sido un universo entero.

                  En cuanto poso la cabeza sobre la almohada ha sido como desaparecer del mapa y sentir la paz de un Eterno que yo quería encontrar y, también, obviar al mismo tiempo, obviar en sus espejismos, y anclarme a su verdad...Veía pasar tantas cosas…Sobre mí...en mí; una ciudad dorada, manantiales de oro lúcido, pensamientos cristalinos, de posibilidades sin imposibles, sin reproches, una pirámide de jade...un crucifijo que me extendían...algo místicamente diseñado, sin simbolismos de seguidores, sin Cristos, ni monte de los Olivos desvencijados...Era otra cosa...Algo profundamente conocido, el hogar del corazón infinito; la señal de cuatro de las ocho direcciones...Me habían recordado ahora, la reverencia al oeste; aunque esto lo entendí algunos años después...pero había sido una luz extasiante, y lo que vi, en realidad, era un doble dorje, no un crucifijo, y la Tierra Pura del Oeste, de mi Amithaba de todos los tiempos, pero esto, también lo supe  en esos años, después.

                   Lo primero que he hecho esa tarde del Martes, después de otras tantas obligaciones, ha sido ir a ver a Nicolás.  Tomo la ruta del centro de Caracas, casi llegando a Carmelitas,

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