"Ajenos, y ante el espejo"

biblioteca era porque así tenía un lugar donde sacar a pasear mis secretos, mis pensares, mis intuiciones.  Después de un tiempo de usar la cocina por biblioteca, me dí cuenta que yo no servía para estar tan encerrada, tan aislada en lo externo, y menos para escribir, aunado a eso, la esencia de la cocina era una energía caliente que no me permitía amoldarme a todos los hechos; así que la mudé al balcón, de aquel pisito en Boconó, entre las plantas, mis montañas, mis músicas y el aire de verano.  Era mi vitalidad.  Ahí descubrí por qué me gustaba tanto el campo y la libertad de espacio.   

                     Ahí, entre la brisa y el aroma de brezo, podía escuchar la música, que desde luego, me conectaba con mi fuego interno, -que ya no tenía que ver con el de la cocina- y refrescaba las areniscas, aquietaendo las tormentas, liberándome de culquier agobio, y, además, de algún modo misterioso, siempre, me traía de nuevos la risa.  El dormitorio me agradaba porque guardaba mis secretos de otros estados, de otras búsquedas trascendentales, de sueños interruptos a las tres de la madrugada para deshilvanar al mundo o deshilvanarme yo de él....O tal vez, para sentir cómo este mundo, a veces, pretendía tragarnos a su paso porque no era cónsono con nuestro limitado entendimiento.  ¿En dónde había quedado, la cocina, entonces?:  la cocina era como un estado transitorio entre las dos piezas, como la vida misma.  O sea; no era, ni lo uno, ni lo otro; pero tampoco era una enajenación de lo que no buscaba, y ocupaba buena parte de mis mediataciones conscientes, en medio de las cebollas, los ajos, el aceite de oliva, los tomates, quizás el de maíz, según, fuera el caso, ¡ah, y los ingredientes secretos!, ¡¿cómo podía olvidarme de ellos si constituían la esencia de la receta?; eso era lo que no me permitía ser ajena ni enajenarme. 

                   Después que Jo y yo hablamos de separanos definitivamente, y después que se hubo marchado, estudié el panorama de la casa y mandé a colocar inmensas paredes de espejos en la sala y la cocina.  En ésta última, me había tragado las opiniones de media filosofía de arquitectos, de feng shui y de lo demás.  Esto se debía que yo quería iluminar un espacio que se adivinaba como perteneciente al oscurantismo renacentista, y en la segunda opción porque intentaba ver el reflejo de lo que sucedía después de la tranción en la primera etapa, la de la cocina.  Siempre que me advertía en los espejos, me hipnotizaban las múltiples imágenes desdobladas que se dejaban asomar; me admiraba la sensación desdoblante de si eran otros yoes, otra vidas, o imágenes que podíamos crear, o quizás como había dicho mi padre, entes prisioneros que pretendían robar nuestra identidad o apropiarse de ella.  Entonces,  podía ser verdad todo aquello, y yo debería de finiquitar los cabos sueltos, bueno, para eso estaba aquí, como les había dicho en un principio ...porque ¿y si, realmente, los espejos atraparan el alma –como algún legendario ancestro había estampado en la impronta de algunas de las pieles consanguíneas pertenecientes a mis parientes?-.

                 Jo me conoció allí, en ese pueblecito al noroeste de Venezuela, donde años después nos habíamos mudado para salir de la esfera contaminante y anestesiante de Caracas.  Boconó es un típico lugar de descanso y reflexión; de retiro.  Yo había regresado de una larga cura de sueño y trataba de readaptarme, pues los últimos nueve meses de ese año no había podido conciliar el sueño, por más de tres horas cada noche, y superficiales, además.  Hubo momentos en que no supe sí eran mejores las alucinaciones de los “supuestos” fantasmas que veía o darle existencia a los fantasmas de mis alucinaciones.  Llegaron a pensar que estaba loca.  Y yo, tuve miedo de creérmelo.  Bueno, no tanto, porque, en realidad me conocía lo bastante bien, para saber que la mente juega extraños juegos, incluso hasta cuando es inteligente para darles la vuelta, pero siempre había que darle el beneficio de la duda.

                 Unos cuántos, pero cuantos años, antes de que Jo y yo nos hubiéramos conocido, ya yo me había alejado un tanto de los altos vuelos planetarios para intentar recuperar un poco de la paz que perdí en una velada nocturna y a manos de sanguinarios irruptores del alma y el cuerpo. 

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