"Ajenos, y ante el espejo"

con la inteligencia emocional, para así, elevarse por sobre las crisis terrenas; esa había sido otra de las premisas a legar, -¿y sí en verdad el alma pudiera quedarse atrapada?-, pensaba yo, volviendo a mi imagen frente al espejo…de aquel día de Mayo, el cual, no recordaba aún claramente, pero que lo podía identificar desde algún lado; esperaba, por el bien de todas nuestras mentes, que realmente resultara así para mis hijas, y lograran consagrarse con éxito en las experiencias de caminos, apegos y desapegos o viceversa.

             La mañana empezaba a decaer y los fanáticos rayos del sol empujaban  a mis alucinaciones; no salían a la luz, sólo se asomaban.  Mientras aquella semilla de amarillo envejecido, conjurando luz con las demás estrellas, repuntó hasta lo más alto del Cielo, haciéndome regresar a lo que parecía ser un espejismo; o en todo caso, el mío.  ¿Eran alucinaciones?.  Hasta  cierto punto, más allá de lo que creamos, debía reconocer cómo en las pizarras celestes, se dibujaban  figuras de plastilina astral o neurosis cotidianas, que luego cobraban vida a nuestro alrededor; pero este no era el caso de mi película de ahora.  Hasta cierto punto. ¿Hasta cierto punto?; bueno, quizá era más que un punto, lo que intentaba hacer es desconfigurar parte de esas figuras de plastilina congraciadas genealógicamente, hacía tanto tiempo. El punto, ahora de este película, no eran los actores y el ambiente, sino las acciones, aunque por supuesto sin una de ellas no existiría la otra. 

Teníamos una casa, (aunque ya no era nuestra), con un magnífico ventanal casi silvestre, porque lo había inundado de plantas exuberantes, de ramaje abundantemente ceñido; a un costado del jardín de concreto, y exactamente sobre el costado izquierdo, se ladeaba un rosal, entre el pálido melocotón y el anaranjado brutal.  Era como una abeja reina. No sólo porque me lo había regalado Jo y me recordaba cuánto podemos cambiar a cada hora y a cada minuto cuando no nos empeñamos en mantener a las premisas de la mente encandiladas, sino que inexplicablemente, una vez al año, esa abeja reina me regalaba una rosa exquisitamente fresca, acaramelada entre las otras, distintamente coloreada entre el blanco y  el anaranjado.

                  Ese jardín, no me agradaba tanto como en realidad me gustaba el ínmenso jardín de mi antigua casa en Boconó, en aquel pueblecito de Venezuela, donde me había tocado ensayar  con unos nuevos centros educativos.  Nos habíamos mudado

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