Piso 9

Martes, Agosto 17, 2010

      Pieza de obra teatral venezolana, cuyo libreto y dirección está realizado por Mariana Cabot, mujer emblemática y polifácetica, la cual ha hecho teatro musical y ha compuesto diferentes piezas literarias, nos sumerge esta vez en su Piso 9.

      Es curioso el nombre de la obra, pues, el titulo, consciente o no para la artista, no sólo le da la connotación particular y específica sobre la que se asienta la transmisión del escritor si no, que nos da la posibilidad de integrarnos en búsquedas paralelas, como lo hace en el planteamiento mismo de la obra; y esto lo digo porque si analizamos la palabra "piso", además de sentirnos orientados hacia un punto determinado, también pensamos en “llegar a un sitio”, estar ahí, una base, lo sólido; sin embargo, el recorrido interior de los personajes carece de solideces contundentes, de poses o directrices de vida profundas, significantivas para los significantes, es una transición entre lo que está arriba y abajo, a la derecha o a la izquierda.  Transiccional.

      Nos encontramos, pues, frente a siete personajes, que quedan atrapados, la víspera de Navidad, el venticuatro de Diciembre del año 2008, en un ascensor  de un edificio corporativo, en Caracas.  ¿Quién podrá rescatarlos de esa “parada obligada” si el edificio está, prácticamente, desierto por las fiestas?.  No les queda, pues, en esas horas de vigilia más que un desespero concomitante e irreal, el de intentar conocerse.  Pero, todo lo que implica conocer, de alguna manera nos lleva al desconocimiento previo.     

      A aquello que los otros no saben, a lo que nosotros no conocemos de nosotros mismos, y a eso que no conocemos de los entornos; surge pues un entrelazado de drama, sátira y humor, manejados, sutilmente, a través de los caracteres que, prácticamnete, nos suben al ascensor con ellos.

      Daniela Valdivieso, interpreta a Daniela, una actriz de televisión, con un novio itinerante. Sin querencias, llena de miedos ajenos a ella, simbolizados por un viejo periódico que lleva en la cartera, y del cual no ha podido deshacerse, donde además, marca un evento conmocionante para ella, nos abruma con su tendencia a lo irrisible, a la seriedad autóctona con que enmarca los eventos.  Su novio, quien la acompaña ese día, a una prueba fotográfica, Leo (José Joaquín Araujo), es el muchacho que no posee pasiones profesionales demarcadas, lleva alma de artista, pero no defiende su terreno, el cual, pareció ser la fotografía, a lo que nos lleva a través de su propio devanamiento parafrasal ; dependiente internamente de la parte femenina, es el muchacho que no se suelta del cabo de la madre, y el que busca rellenar su tiempo con la figura del sexo y el amor pasajero, llevadero y satisfactorio. Ninguno de ellos, ha compartido, realmente sus temores, vivencias o desentrenos con la vida, hasta ese momento, en que les llegará su turno, también.

      Rafael, (César Vidal), nos muestra al accionista principal de un banco, ubicado en el edificio, el cual, no posee, en absoluto, problemas magistrales para manejar el dinero; simplemente las luchas abiertas, los problemas financieros a resolver, clientes conflictivos, y una vida, de escasez emocional.  Divorciado, con dos hijos estudiando en el exterior.  Un elemento importante que refuerza a este personaje es la pérdida del sentido del olfato, lo cual, amaña su vida a la inherente pérdida de sensaciones inspiradoras, movidas a través del olor.

      Clemencia (América Valentín), nos pone en la palestra, a esa mujer que ya no es 4x4, si no 4x0, y esto es porque ha construído toda una eternidad de murallas ha su alrededor.  Se ha adueñado, sin querer, de los dolores ajenos; primero los padres, luego la hija, la hermana, el marido, la pescadería que ya no soporta, y ahora, ella, con su propia enfermedad.  A lo que ha ido a ese edificio, ese día, justamente.  Refleja el amargor de la sonrisa borrada después de ser vejada, de convertirse en la vara de sostén de una familia de tres y un cuarto, pues la hermana, está presente, pero no siempre, y tampoco ejerce un rol de soporte económico para Clemencia.  El marido, parece siempre ausente de su mente, de su espacio físico, de su intimidad.  Es  un desamor amado, pero no consciente.  Es sentirse el cero después de la abnegación.

      Sara (Elys Rondón), es la hija de Clemencia, diagnósticada, de niña, como esquizofrénica. Sin embargo,  muchos años después, ella misma internaliza que no necesita medicación, que es simplemente una persona hiper-sensible, cuyos poros destilan poesía-negra.  Existencialista, algo confusa por los paradigmas inexplicables de las religiones, específicamente, la católica; llena de sueños sometidos a sus propias limitaciones dragonianas, quien, incluso usa su diagnóstico errado para manipular a su madre, y a la tentativa de echarle ganas a los propósitos.  Es su confesión, su concientización.  Ama el amor y la potencialidad de poder vivir.

     Ángel  (Fernando Azpúrua),  adolescente, que busca enternecernos con su condición ensoñadora del amor, de la juventud, de los primeros sueños apasionados.  Refuerza a las almas que aún no se han contaminado, que desean manejar su vida como un ensayo constante; descubriendo el juego, el aroma enriquecido por la plenitud  emocional.  Aún, no refleja una orientación profesional definida, se lee que la música es parte de su vibración; pero no indica que esto defina carácter directivo o conductivo.  Nos sumerge en la ilusión de amar sin condiciones,  sin especificaciones, conviviendo sanamente con el espejo imperfecto que colocamos sobre la otra persona, y donde, pesa más el 90 % positivo obtenible de lo que amas, que el 10% de lo negativo, de lo no congraciante.

      Guadalupe, o Guada, como la llaman todos, (Pilar Seijo), nos señala al personaje “fresco” y dúctil de la pieza; pero llena de vivacidad y carácter, casi arrollador.  De tendencias hinduístas, mueve los hilos de su vida, desde la perspectiva antagonista a todos los demás, la espiritualidad, per se.  Se gana la vida haciendo masajes relajantes y equilibradores del sistema orgánico, técnica que aprende en la India.  Se encanta con la risa, con lo magnánimo que puede desencadenar la vida, pero sin come-florismos o lentes rosados.  Es un soporte emocional, activo, de fuerza de choque, el que obliga a reaccionar, no sólo para Clemencia y Sara, sino para los otros seis que comparten ese encierro en el ascensor.  Son esas almas que intentan disfrutar de lo que la vida les coloca, sin tapujos, limitaciones sociales, sin herir su integridad física ni emocional, tampoco la de otros. 

      Aparentemente, todos tenían un motivo para estar ahí; sin embargo, para ninguno de ellos era imprescindible haber estado ese día allí a esa hora.  ¿Causalidad?, ¿coincidencia?, ¿experiencia?, encuentros fortuítos ¿afortunados?.  Esto sólo lo pueden responder quienes viven la experiencia, quienes sienten penetradas sus convalescencias anímicas, quienes se sienten agredidos por la vida constantemente, empañados por lo trágico de lo existente, predeterminado para unos, electivo para otros.  En realidad, no es sólo un viaje interior, es una muestra de las debilidades y fortalezas de todos esos pequeños arquetipos, femeninos y masculinos sobre los que actuamos todos, sobre los que contruímos lo que llamamos “aciertos y fracasos”. Resultados.