"400 mil Sones"

Jueves, Agosto 18, 2016

Un tío moreno. Ese era el punto. Azabache. Buscaban bajo el aroma de las piedras. Sin tres o sin dos, no hay ni dos ni tres. No queda. Se lo tragado el inconmesurable son de la tontería ambulante. De los cuatrocientos miles sones de idas y vueltas.
Necesitas parar hoy de jugar –me había dicho la corriente interior-, dejar de bromear –debes maquinar y terminar el proyecto en desarrollo!-, a veces, era tan diáfano y constreñidor el proceso que no necesitaba pensarlo, sólo exponerme ante él. Pues el proyecto es el que canta. Eso hace correr mis manos sobre los teclados, los lienzos, la cocina, o el sexo. Por eso no me gustaba detenerme a sazón de los demás, sino en mi ritmo. Si me detenía, como me pedía el libro abierto sin secciones, pero lleno de ellas, no podría seguir narrando mi cuento del momento, mi sueño efémero, pero necesario para el sostén del viajero.
Es un panfleto que se dejaba nacer, se quería dar a conocer, ser más que un arrugado rollo envolviendo una piedra, o siendo cortado por una tijera, ¡piedra, papel o tijera!. Mi lugar, era mi destino casual. Por eso, un café vespertino, ejercitar la mente o el cuerpo, la montaña y las rutas de los ojos sobre líneas y colores, ayudaban a las manos y los pies a generar otras vastedades. Llegar hasta ese propósito era la crónica de lo que intentaba hacerse, dejarse ver en lo cotidiano. “A días. A pasos. Es una ruta última” –eso pensabas -sí, por eso era la llave inglesa. Lo de tu entendimiento.
La calle, afuera, oscura y ruda, dura como el osobuco, ya fuera de una olla de presión, todo parecía estar dispuesto a contraerse, y tú como siempre, a romper las reglas; por eso, a veces, sin siquiera editarlo a conciencia clavabas astillas; pero tú no querías tragarte los malos cuentos, sino transitar con los valores fundamentales que sostenías a tu columna vertebral, un ancho mar. Luego, el cielo, enrojecido, el del atardecer…el velo momentáneo de un cuenta que daba hechos.
Ahora sí, lo sabíamos los dos; que era por eso. Te habías dado cuenta, tú también -como dice José Mota, lo de ye inglesa-.
Rojo, blanco y azul, gotas que se derretían dentro del calor irisdicente de esa tarde. Era el sudor de Sharavasti. Todo, delante y atrás podía aparecer como una amenaza, pero en definitiva, había dejado de serlo porque ninguna de ellas constituía un sostén en tu vida presente. Ninguna moría por darte ida a ti algo, en el caso de pedir o necesitarlo. El miedo que restaba estaba en otro lado, y no tenía que ver con ello. El contra viento lo habías amalgamado ya, dentro de ti, andaba nadando en tus células. En los setenta y dos, que hacían maromas para sacar a dentelladas esos geles o aromas térmicos de este tiempo.
Pensaba, en ¿qué? , por un momento, me había interrumpido el teléfono para especificarme una corrección laboral. Sí, no era de mi agrado, pero el cliente, es el que paga. Volviendo a hoy, es que me había topado con el mensajero de la leche. Esos de los que ya no vienen a tu cas, pero que ahora, se estaban poniendo de moda otra vez, porque no hay nada a mano, y todo está “en manos de guiseros”, -aprovechadores-, Y justo antes de entregarme una de las cajas, ésta se abrió por debajo, mientras permanecía en las suyas aún, y derramos el contendio de algunos potes. Entonces, mirándome abrumado, como recordando el cuento de" tanto va el cántaro a la fuente hasta que, al final, se rompe", que éste me preguntaba –en silencio- quién asumiría la pérdida. Los dos, le he dicho, yo. Los dos. Tú por ser el primer negligente, y yo por ser la segunda parte de la neglicencia. Así, que quizás, las causas y condiciones pudieron haber sido modificadas. No necesitábamos de un “señor destino” para entender a la negligencia; quizás sí, más inteligencia, menos in-tencional momento de aburrimiento y soslayo, observación, precaución, y colaboración, lo cual ayudaría un mogollón a que las cosas se solventaran antes que se produjera el error, la pérdida, el fracaso y la frustración. Por eso. Por eso, es que no siempre se puede pensar, que no hubiera sido posible corregir. Es que los cinco, no romanos, sino cardinales y ordinarios, se pueden convertir en un manubrio. Un asa para las dobles aperturas, la del corazón y la de la mete. Eso son las eses, la de Rung, los de aquellos que hubieron y han estado haciendo en sesenta y nueves formaciones por y desde, andarían, nada diste o todo....
Sin embargo, otras veces, por esas mismas antítesis condicionantes a las causas anteriores, reducidas una tul, no se puede hacer nada por cambiar nada. Karma o mal dharma. Dara. Daram. Dí. Di-me tú. Si eso sí, no es mala leche.
Yolanda Marín
18/08/2016.-