Duna Madre

Domingo, Diciembre 12, 2010

      Hoy la ví, dormida sobre la piel de su propia arena. Descansando, después de tanta inconsistencia. Al fin, dormida. Esa arena no era suya, y no porque ésta le perteneciera o no, porque la hubiese comprado o no, porque se sintiera encajar con ella, o no; en última instancia era lo que quedaba de una existencia que luchaba por dejar de ser.  Quizás esta era la lucha más frágil, vilenta y complejamente tonta que a nadie se le hubiese ocurrido empuñar.  Era suya, pues la arena de esa conflagración específica, –nos decía, esa Marta, en aquellas tardes de té, en las cuales nos sentábamos a la orilla del paseo marítimo-, porque a nadie más le gustaba ese pedazo de tierra voluble, ambivalente, de presencia en bloque de C, de aspecto indeciso, casi precario, por su desapego a lo real, que pretendía irse despojándose de lo que fungía como una teta principal, en ese, el que para ella era un intento sólido de dejar a la duna madre Universal y a ese pequeño recoveco, ese diminuto legado de rocas del paseo marítimo, y el cual, en su vastedad, le recordaba a su amado Rajastán- continúaba, ella, moviéndose rápidamente en su hambre feroz de inexistente por tragarse el cuento de la validez de la existencia y confeccionar uno que sí le cuadrase a su solitaria revuelta. Y ambos eran de ella, y ninguno, lo era. Ni eran ella, ni esa arena era suya.  Era suya sólo porque estaba amamantando dunas hijas.

      Marta había decidido adoptar a su naturaleza como una pieza más de su vida, suave, natural, impermanente; pero cálida y con sabor a vuelo, a huída, no como las sensaciones que viviría esa tarde de tantas resoluciones determinantes que cotejar con sus posibilidades, -no, precisamente, las que se esperaban de una tarde de té- además, esa tarde, tenía la segunda cita para que le inyectaran el radionúclido otra vez, y después al día siguiente, otra vez; así andaba después de tantos meses y otros tantos años, para corroborar –se decía ella, y le decían los médicos- un algo, pero para Marta, lo que ellos buscaban más bien se parecía a lo que no estaban buscando, pues las vueltas de estos transeúntes, -los científicos-, habían resultado tan dramáticas como las huellas dejadas en ella, en Marta, en la duna per se por lo inconsistente del letargo. Al final, ella ya lo sabía. Algún día, algo lo confirmaría, a esos demás. Sólo esperaba por ello porque Marta no podía sacárselo sola. No esta vez. O no por ahora.

No habían respuestas precisas para nadie. Ceropositivo, pero sintomáticamente, visceralmente, la duna ya no vivía como las demás. No como antes, y no era que importaba el antes como fuerza retadora, sino como aquello que ahora no podía disgregar o conformar ampliamente por falta de energía. Se había acostumbrado; sí, pero no le agradaba esa práctica. Cuatro horas de sueño no eran suficientes para reconsiderar al descanso de ese aire desértico. Sí, era verdad que podía moverse, seguir el meneo del Sol, del tiempo, de sus amores esparcidos, de sus acordes, de su constante expansión; y por tanto trataba de mantenerse en esa fase en  la que podía reconocer-se replegándose y distendiéndose mientras jugaba a fluir con sus aires y sus propios ritmos, con los supermercados, la cocina, su trabajo, sus miles de invenciones diarias, sus procesos creativos, sus investigaciones, la meditación, el ejercicio, las sesiones de humor con la BBC Comedy, el relax de lo comprimido, las adopciones, ... Inagotable, casi.  Pero, no era esa ella, inagotable. Ni vivaz, como entonces. No, completamente. Aunque, en cierto nivel, eso no era ya importante, tampoco.

Marta, sabía que por ahora, lo mejor que podía hacer con su destino era tratar de entender qué haría con todo lo que debía concederle al tiempo. O cómo lo haría. Y pre-indexarlo; porque ¿a quién le podría explicar? Bueno, debía encontrar una forma de hacerlo, en caso de...

En la parte clínica, todos sugerían exámenes, más y más procedimientos, cumplir con protocolos, y ella sabía, lo que no podía probarles, lo que no podía sino verlo traducirse y replantearse a sí misma. Nunca le aterró dejar de ser Duna Madre, ni siquiera duna. Le infringió una sensación de dolor vespertino el pensar que pudiera dejar de ser movilidad, el sentirse una constante de otra duna, dependiente de un tiempo que no fuere el suyo. Que sería menos tempestad de la que acuciaba ahora en sus corpósculos. La duna, había, incluso, anhelado convertirse en mar. Y es que al mar, no podía sucederle eso -pensaba, Marta-, le pasaban otras cosas, pero no esas. Y no podría sucederle porque sería imposible de contenerlo. Más bien su rebelión, como en un tsunami magistral acabaría con el planeta.  Pero, ella había dicho, valiéntemente, ¡señores: yo seré la Duna!, y Madre, además. ¿Te arrepentías? No de ser Duna, no de Ser; mas el de existir atemporalmente...ese era otro tema.

Sin embargo, en medio del proceso, a Marta le había dejado de incomodar el tiempo que pasaba en las máquinas de escaneo, en las revisiones milimétricas que terminaban en copias de los códigos hospitalarios, en papeles de aseguradoras, contundentes, y aún llenas de rasgos desacertados. Ella, que siempre se veía a sí misma del lado de la bata blanca, había optado por soltarla sin colgarla -¡claro, esto era impensable en su esencia!-, sólo la ventilaría con más frecuencia, entre lavada y lavada. Cada reunión, cada encuentro con un nuevo disciplinario en el tema, ya no la sorprendía, la obstinaba, y ya no sabía si seguía siendo paciente o si era su propia bata la que seguía buscando más allá de lo que se podía buscar. Pretendía más bien no saberlo; pero a veces, le resultaba imposible dejarlo pasar.

El personal silabeaba mientras se desplazaba por los pasillos blanquecinos, con sus indumentarias físicas y laborales, con estetoscopios y jeringas apostillados, como se apostillaba ella a sí misma, en su arena. También, en el silabeo de los pasos, mientras le practicaban las tomografías, y pensaba en el ir y venir –en el porvenir- de todos dentro de la clínica, los médicos, los pacientes, las emergencias, y tú, Marta. Marta, había decidido no ser jamás una Duna victimada. No le interesaban esas emociones, ese estado. Eso, quizás la asustó un poco, pues sí era así no podría adoptar a este sistema y sentirlo -dramático como se empeñaba en serlo-; pero a ella le gustaba lo suave y mágico como a su duna incipiente, la de las tardes de té. Hacerlo desde allí, -el seguir riendo- aunque hubiese estado inmersa en lo más dramático de la desintegrción mecánica-física-cuántica, era la pretensión de su contexto. No, dramatismos. Igual, no servían. Le dolían las volteretas; le impactaban. Sí, algunas veces. Era una Duna Madre, y tenía sentimientos. En sus variantes y reyertas era inevitable bajar a esos estados; pero intentaba quedarse lo menos posible como si se estuviese yendo de una fiesta aburrida o conflictuada. Era por eso, por lo que ella creía saber ahora, su experiencia de nibelungos, se la estaba contando a Marta para que esta la transmitiera y pasara a ser legado de múltiples lateralidades para otros dolientes, los cuales, en "suertes contadas", podrían dejar paso a tanto humo negro y avistar el terreno para el aterizaje precozmente.  Y sortear.  Salvarse de tanto indolente. Y Marta..ella. Ah... Sabían, ambas qué poco, en realidad, le importaba a ese pedazo de duna, los de otrora, pertenecientes a esas otras ella, el final del cuento. Una de ellas, la más anciana y perteneciente, ni siquiera sabía por qué insistía. Bueno, quizás, aún no estaba lista para "auto-desvanecerse" en su propia arena. Y no le ofrecían muchas alternativas externas.  No había mucha ayuda de ningún universo para la destituición del cargo.  Ella lo había querido poner a destajo.  Lo había ofrecido. Había puesto la renuncia.  Pero, se la habían devuelto. 

¿Cuántas veces más, Marta insistiría y cuántas más, sería devuelta?

Marta recordó el propósito de esa tarde. Debían cerrar una casa gratuita para el cuidado de animales, y no se sabe cómo alguien había mencionado su nombre como una posibilidad de accionar un nuevo núcleo. ¿Y entonces?, -se preguntaba Marta, ¿de qué va o de qué iría?

¿Y tú hablabas de adopciones? ¿A ella, le volvían a hablar de apadrinar? ¿Adopciones al sistema o por el sistema? ¿?; pero bueno, Marta, ¡hasta la muerte-habías pensado! ¡a-já!. Ju/...umh...-no tendrías arreglo posible-.

En la tumultuosa y agitada vida de Marta siempre había habido espacio para muchas adopciones. Y parecía que, de alguna forma u otra, seguirían habiéndolas. No las repelía, pero sabía que necesiaba un descanso, y más largo que una tarde de cafés. En verdad, no se podían contar. No, como los cuentos que cuentan las mayoría de las personas: -pero, ¡claro, Marta era una Duna, y Madre! En fin, para la mayoría la vida se sintetizaba en la suma de una pareja (o las que fueran necesarias para llenar ese campo), un perro, quizás dos, maybe three, un gato, si acaso dos hijos, con la máxima en la planilla de acepciones, la suegra, los padres, una vieja profesora de escuela y sí, por algún gesto filantrópico pasare alguien más por tu camino que invadiera el rellano de sus corazones, la compasión, posiblemente, allí.. probablemente, le tenderían una mano, a ese alguien, como quien te ayuda a llevar la maleta del auto a la puerta de tu casa. No más que eso. Sin embargo, esto no era Marta. Y no definitivamente, su arena. Así que intentaba moverse con lo que era. Pasaba y repasaba. No se sabía por cuánto tiempo más, eso sí.  A veces, más estelar, otras más putona.

Ni siquiera sus amigos más íntimos, y mucho menos su familia, podían entender esta forma de hacer adopciones múltiples, de hacer causas suyas donde otros habían desechado ya tiempo, dinero y esfuerzo. Para Marta esto también era complicado. No de ahora, de siempre. Pero con el tiempo se volvió complejo. Era complicado adoptar al sistema, aún y cuando ya lo conocía de principio a fin, y lo había aceptado como era, insolvente, incapaz de dar u ofrecer más, destartalado y con casi ninguna inteligencia para componerse a sí mismo, desasertivo, incierto en rasgos, un desdén a las posibilidades constitutivas. Pero lo que lo hacía más complejo aún para Marta era el esfuerzo de ahora, iel de saberse Duna y Desierto! Uno y Todo en el intento, uno y nada en el conflicto y en el des-conflicto. Incluso el acto de inventar un sueño más sin que le costara arena era complejo porque era imposible, y esto era parte de su doble velocidad de altura; sin embargo, aunque fuese complejo -y no vamos a entrar en esas multiplicidades ahora, ni después tampoco- esa era su fuerza de empuje constante, era uno de los pedazos más sustanciosos a los que se aferraba después de tanta volatilidad, de tanta arena que cabía en ese desierto.

Quizás, ella, sólo quería solo entender el propósito que un buen té caliente ofrecía, lo que un espacio cálido podía generar en otros diferente a su duna consituyente y a su desierto referente; y esto se debía a que la duna sabía que las causas perdidas, eran siempre perdidas, por lo que al menos, el té, la tarde, las buenas compañías, el desparpajo y la amoralidad, habían valido el esfuerzo. El juego con el viento le había hecho entender que jamás podría contener a este. Que eran esencias de diferentes elementos regentes. Antagónicos, pero no por ello debían estar en guerra. Simplemente eran diferentes naturalezas, las cuales viajaban conjuntamente, a veces, de buen agrado, a veces, no tanto; a veces, ayudándose en su risa y en su propósito, otras molestándose, más que ayudándose. Bueno, se había reunido, lo habían triangulado, y se gestó una posibilidad para los animales en abandono concomitante, tratando de efectuar movimientos persuasivos para quienes contaban con la fortuna de hacer algo. Era parte de lo de esa tarde antes de irse a lo otro. No más aburrido, sino más reacio a.

¡Aaah, Marta! ¡Mi querida, niña! Hoy eres tú la que necesita ser adoptada por la arena expansiva, por el Rajastán, por la vida desconstreñida, porque tú no te eres suficientemente afectiva para ti misma; aunque quieres, aunque quisieras ser así, poderosa, más inventiva aún, más compacta, más hilarante, sólo eras Duna de múltìples posibilidades cúbicas de la arena, pues de otra manera, probablemente ya hubieses extraído ese insano montículo –o pequeños montículos de arena que no pretendían dejarse ver, -como lo hacías casi siempre, cuando estaba al alcance de la práctica-. Pero no. Esta vez, esta Marta, de alguna forma, había tomado nota una y otra vez, observado, dado oportunidades de reivindicación, escuchado más de la cuenta –¿quizás?-; sus pies fueron detenidos innumerables veces ante la posibilidad del quirófano, por eso, sabiendo la naturaleza del resto y también, que es la tuya, la ida y vuelta, si la hubiese, aún estaba ahí, y lo único a lo que se aferraba era a su Duna. Inmensa. Vasta. Universal.

Ahora, eres tú, divagando entre Marta y tú, y la Duna.  Entre las dos, y no reconoces si siquiera hay una línea divisoria.  O un puente.  ¿Y si, quizás esto sólo estuviese destinado, en mi acontecer reconocido, a ser un puente? 

Has movido incesantes micropartículas. Ves cómo todos esos minúsculos corpúsculos, la granulometría de esta duna incipiente a la que tú le has dado vida, desaparece sin dejar rastro de coloquio sensorial, o soportivo, y entiendes, una vez más de que se trata; pero a quién se lo explicas. O cómo se los dejas saber.

Y hoy..Hoy, justo hoy viene a darte por añorar la duplicidad y lo generoso, lo penetrante de lo amalgamado… y Marta, pensó –¿son estas sensaciones producto del tiempo que aún me falta para deshacerme de los radionúclidos o los análogos de las somatostatina, del sonambulismo de los cueros de hospital, o del tiempo en donde quería tomarme un café y dejar de saborear el té –que tanto me regresaba a Londres...Mi Londres...un pasillo, siempre tan cerca y tan lejos de mí, -a veces me preguntaba por qué me había regresado; sí, por qué no me había quedado, si amaba tanto esa ciudad y su perímetro, pero volvíamos al punto de antes, este asunto de las entregas y las "marcas", las señalizaciones, era complicado- y, también el olor de este Rajastán conocido por tantos y desconocido por muchos más que menos, por el resto de la tarde –sin té- y por la clínica, húmeda y engrosada de mis tintas por plasmar, grasa de fenómenos en transición, material de desecho, de compuestos que a nadie le agradaban sino a los que los manejaban, como tú, Marta, que los saboreabas desde tu caldero empírico porque los conocías de muchos tiempos, de haceduras aún dentro de todas las torceduras, y es que tú habías pertenecido sin pertenecer a toda esa disposición, a ese orden gremial, -celularmente hablando– a los émbolos grasos, de nuevo, casi paranormales que invadían los espacios de esas estructuras pintadas de blanco, casi siempre, con alguna cruz distintiva -que nadie en su sano juicio entendía por qué curz y menos roja, si la verdera intención fuese la sanación y no llamar la atención "¿de los pecadores en pena?" o varias en lugares donde todo el mundo se asegurara de verlas, de saber dónde estaban, aún y cuando se dispersase de éstas el contenido una vez adentro de la estructura vertical.  Eso era parte del orden, de la psicología de aceptación con la que se suponían los pacientes debían atajar las pelotas y los discursos que les eran envíados-.  Marta…Marta, ¿is that you? …¿or.. it wasn´t you?.

Marta era la Duna.  Si.  La duna madre, pero, supongo, que ya se los había dicho, y repetido largamente, para que no se me olvide, primero a mí, luego a los concurrentes. Disculpas, pues, por la redundancia, ella no se los decía para hacerse notar; pues no era que alguien dejara de querer a Marta; o sí.  Quién lo sabe; pero lo cierto es que nadie, en sus atinos, recordara mucho al Rajastán, -tampoco su esencia real era entendida- aún después de transitarlo, de haberle contado tus dolores, de invadirlo, –por lo que, ni directa ni inderectamente, tampoco se recordaba a las dunas, pues la mayoría las veían problemáticas por su complexión.  Porque eran innumerables las veces que éstas creaban problemas de invasión a tierras cultivadas, obstruían carreteras, ocultaban la verdad bajo su manto opiáceo,  y no importaba si transcurría bajo el sol abrumador o la calima de un recetario fuera de vanguardia,  y esto daba miedo.   Daba terror porque les significaba tener que hacer de más, comprometerse.  Pensar.  Concebir imaginerías que ofrecieran nuevas posibilidades como sembrar matas que no requirieran de mucho agua para subsistir, y al mismo tiempo eliminar la humedad atmosférica, rociar la parte convexa de Marta con materiales aglutinantes, afectos, aceites, petróleos para sostener los terrenos adyacentes a las ciudades, a las verdaderas invasoras del territorio madre, si queríamos verlo de alguna forma..  En fin, ¿quién quería hacer todo esto por una duna?.   ¿Quién? o ¿qué?.

 Claro, Marta era como cosa una cosa inespecífica pero determinada a ser mientras tuviera que serlo, de otra manera no tenía sentido para ella; era, como ya habíamos dicho una duna. Madre.  No era invasiva; era el Rajastán, en sí mismo.  Ser un desierto tan embelesador la enorgullecía humildemente, y no se preguntaba si otros desiertos la superaban –aunque tampoco era que conociese muchos más, no le interesaban las comparaciones sino conocer.  A decir, verdad, no había podido abordar a ningún otro, por lo que le gustaba guardar silencio respecto al tema.  NO lo conocía, no lo mencionaba. Marta cantaba y contaba,  otras cosas, en clave, entre capa y capa vaciaba los secretos de sus confesos a su esencia primigenia; pero casi nadie podía desglosar sus historias. Sólo un cielo podría en Sol menor, escucharla, sin que le resultara imposible amalgamar y comprender, poco a poco, los guiones. Algunos mortales, habían acercado sus orejas al canto de su arena y los había escuchado decir: "Es un privilegio oírla". Ella pensó que se referían a su sonido, escaso, porque ella prefería oir al viento, a los demás elementos regentes que cantar; pero debía hacerlo, al ritmo del viento, pues era parte de su constituyente. Sin embargo, los hombres de la tierra dura, habían pensado en  grabar su melodía, querían comerciarla. Se santificaban a sí mismos cuando se permitían esucharse. Y, mientras Marta pensaba en ello, captó a lo lejos, "i-dealistas" que pensaban en comercializar su sonido; llevarlo a otros universos, o a otras entidades de esta tierra, y venderlo como pan de meditación.  O como track para un café de ambiente, o…¡igual!, a Marta no le era significativo el contexto sino la historia repetible de lo inane. Ella, pensó, si estos sujetos pudieran penetrar mis verdaderos ritmos más allá de los acordes y de los compases sostenidos alcanzarían esos estados en que Marta reposaba, a veces, y atesoraba porque le habían hecho despertar de un sueño neurótico; entonces, no se preocuparían tanto por comerciar destinos sino por fraguar comunas sustentables. 

Ah, Marta, ¡se reía tanto!, que hasta le resultó agradable pensar que era posible comercializarse, toda ella.  Y alguien a lo lejos, que no era su duna, ni siquiera algo de naturaleza conocida le susurraba:  parece que agarrarte fuera de base era incontitucional pues tu circunscripción, que no tenía que ver con acto de circuncisión, el cual, se remitía a ser acto propio de alguno de los hijos varones del destino de una duna madre, la cual, se veía, estaba bien "rezada".. La de Marta. Así, que tú como ella, muchas veces se soltaban en el viento, viendo ese tiempo ir y venir; marcharse, veías cómo te marchabas con él y lo dejabas sentir-te, luego intentaba retornar a ser duna madre, en cualquier contexto del siguiente sol, del lejano viento…no por ellos, sino por ti, para recordarte la sensación de ser capturada en el desacierto de lo desético, y dejar de ser,  para redescubrir-te; pero siempre como duna madre.  Como puente.  Eras, puente entre mundos. Nunca habías podido cambiar la esencia de la partícula atemporal.

Así que ya no se molestaba ni en asentir ni en desmentir; simplemente creaba su propio ritmo porque ahora ella sabía su poder; y también sabía que nada ni nadie podría evitar que existiera, que adoptara, que se adoptara y que venciera sus propios costituyentes irreales -pero ni si siquiera  se trataba de la victoría que la mayoría anhelaba, de la del sistema estipulada en marcos y con estatutos-, sino la de la convictibilidad de llegar al máximo estirón sin que se rompiese la liga. Y vencerse era la saberse vencida y vencedora de su verdad, puesto que como Duna Madre, siempre seguiría generando a otras muchas. Indecibles en el tiempo.

¡Ah, de vuelta!...¡la clínica!.  De nuevo, tiempo detenido en su peregrinar.  De nuevo, la contrastaban con lo que era su inclinación inminentemente sanadora, con la discapacidad de los medios nobel de la medicina hasta el momento presente, sin descalificar los esfuerzos y las tentativas nobles de todo lo benéfico que sí se había esparcido; y no lo podía olvidar, ni lo pretendía.  Es más, reconocía la limitación inherente a la clínica, a los marcadores, a la fenomenología científica desde el contexto sistemático en el que ella sentía, estaba pernoctando ahora reconocía cada pieza por engranar.  La verdad, es que ella, era ahora una vez más, reforzada, la Marta a la que aquello que le importaba y aquello que le había dejado de conquistar el corazón, era lo que todo el mundo amaba más, la vida misma.  Se ilusionaba, torpemente, porque debía seguir existiendo, pero el oasis no era suyo, no le pertenecía, por lo que iba tras el pergrinar más trivial de los humores calientes, de donde extraía conjunciones, esto le congraciaba a sus dunas consistentes, su movimiento constante, efímero, impregnante, constitutivo..ser, conjunto, siendo, mientra le quedaba tiempo para seguir siendo duna madre.   Por aferrarse a algo más allá de posibilidades.  Así que no; no era la clínica en sí, sino que ella era su clínica constante.

Había pasado pues, de que le importara poco o mucho ser adoptada por la vida, de la misma manera que lo hacía ella con otros elementos, a sentirse eternamente completada por los hallazgos de su cotidiano, por los elementos que ella misma repelía por razones que su temple no siempre le explicaba; sólo se comportaban así, y ella se había acostumbrado a verse, rozagantemente vestida, poderosa, atractiva, cálida, generosa, sonora, válida para el Rajastán y para los debían peregrinar por él –casi a juro- sin que nadie supiera por qué ellos o por qué en ese desierto que conformaba a Marta; pero de lo que ella sí se había asegurado era de contar con buenos aliados y con complementaridades que la hicieran seguir sonriendo, de cuando en vez, de sumarse a aquello que le permitiera seguir expresando su constitución sistémica: su viento, su sol perenme, sus depósitos minerales, para que cuando llegase alguien más -esos otros, muchos- y la vieran, la reconocieran, y se sentaran con ella a charlar, entonces ella pudiera desbagarlos a ellos en medio de sus diatribas y mostrarles algún camino en el desierto infinito.

Marta, seguía siendo eso, duna, no tan Madre siempre,  pero sí confidente de miles de peregrinos que transitaban a diario por el Rajastán. Sabía que seguirían transitándola, contándole…y ella, esta Marta era solo de esa Marta de los radionúclidos y de la búsqueda de un señor en un escondrijo,  un tal Sr. "TN.algo o @uncaminodesconocido " o "TN/T"  o...-así que, mientras los dolores de la transmutación fueran atajables seguiría siendo duna; eso sí estaba claro para Marta, la del paseo marítimo-.  Por tanto, mientras tanto y aparecía, -ese "señor, TN algo"-, ella, se había ido de viaje.  Y había vuelto.  Y se iría muchas veces más.  Y también, tendría que volver aunque no quisiera porque aún no estaba lista para hacerlo por sí misma.  Sí, iría.  Volvería.  Se iría. Del y al paseo Marítimo.  En serio, y sin serlo tanto.  A ser puente, pues eso sí estaba claro para Marta, la del paseo marítimo, que tenían una esencia similar. De fuego. Y

Sonora….

                                                                                (Diciembre 2010)