De Un Día Para Otro

Es lunes, y pareciera, que en la vida de François Berthier(Benoît Poelvoorde), todos los días pasados, se han puesto de acuerdo, para erigirse contra su vida; es así como comienza de nuevo su jornada. En un apartamento desordenado, de un edifico con muchos pisos, donde los vecinos, tienden a molestarle continuamente. Uno, con el exasperante ladrido del perro, otros haciendo el amor, justo a la misma hora, cada noche, 10:30 p.m.  Se levanta cansado, solitario, pues se nos introduce como un hombre en sus 40, posiblemente, divorciado más que solterón, por la forma en que maneja el hábitat donde vive.  Se le ve acostumbrado a que le resuelvan las cosas, en su mayoría. Su intento de hacer café expreso es reventado al mismo intento que es malversado por la máquina, quedando como cambur pintón, chafado. 
La película dirigida por Philippe Le Guay, y co-escrita con Olivier Dazat, nos muestra un tono de irreverencia con respecto a la crencia que dibuja la línea ente pasado, presente y futuro.  Es un intento por desdibujar su linealibilidad.
Al salir a la calle, Bertraid, se enfrenta con la exasperante figura del señor del kiosko de periódicos, quien jamás le saluda, y tiende a quedarse con su vuelto. El tren de cercanías que lo lleva a su trabajo irá lleno, por lo cual llegará, otra vez tarde al trabajo.  El jefe de seguridad bancaria, lugar donde trabaja Berthier, tampoco le concede el saludo. 
La sucursal bancaria, donde trabaja, le asigna un cubículo, cual prisión, donde los bombillos no funcionan completamente, y el espacio, triangular, que le encierra da la sensación de callejón.  Nos ofrece, así, la visión de una Francia donde los espacios son costosos,  se improvisa lo necesario para aprovechar el suelo, y el personal humano pasa a segundo plano. 

Escenas, en el comedor, cercano al edificio del Banco, donde suele acudir Francois Berthier para almorzar, nos refleja el colapso de las ciudades modernas.  El escaso tiempo en que nos detenemos a comer, mejor dicho a engullir, a veces, perdidos en nuestros pensamientos, otras tantas, flirteamos con el tiempo de alguien, esa persona que ha tomado asiento y está compartiendo la mesa con nosotros, esos instantes, quizás, sólo para no sentir la soledad del común o de lo constante.
Esta cinta, intenta ser una especie de comedia-drama, la cual insiste en no ofrecer consistencia o quizá, en que ella esté nadando en aguas arremolinadas, caracteizada por  muchos cabos sueltos entre la primera y la segunda parte de la proyección; pues en la cinta, si algo es preciso, es que claramente, se dan estos dos trozos.
En el principio, vemos al protagonista, inmerso en una especie de mala racha progresista y progresiva que le arrebata los días, las ganas, pero que lo mantiene vivo, pues existe un elemento cautivador: lucha.  ¿Contra qué o quiénes?.  Contra todo aquello que lo molesta.  Intenta sonreír sin premura, taciturno, y frecuentemente, como si le robara la sonrisa a la fatalidad. Inesperadas, pero predecibles. En la segunda parte, se ejecuta una especie de maroma mágica, justo de “Un Día Para Otro”, y el personaje empieza a vivenciar la buena fortuna.  Todos los elementos discordantes de su vida “anterior”, son dejados sobre el tapete, y comienzan a confluir lo sistémico para otorgarle dicha.  Su esposa, Caroline (Anne Consigny, quien, en una fresca actuación, nos involucra en el papel sugestivo de la mujer inconforme, llena de carencias subyacentes en el matrimonio ) ya no desea el divorcio y quiere que Francois vuelva a casa, su jefe, le da un ascenso, los clientes, lo ponen a manejar recientes sumas de dinero, las inversiones que hace, se multiplican.  Estábamos en el Lunes fatal, de un año cualquiera.  De pronto, amanece.  Es Martes, y todo esto, acontece a partir de allí.  Súbito, rápido, inmejorable, magnánimo al punto que le significa, en un punto de su mente, una detención sugestiva y activa al protagonista, para preguntarse y ¿cuándo volverá a cambiar mi suerte?. 

Es interesante este punto, donde, en una detención prácticamente invisible, los escritores, nos obligan a detenernos.  Todos sabemos que la vida es una rueda, como tal; por lo que a veces se estará arriba, a veces abajo; con “suerte”, durarán más las etapas bondadosas que las infértiles; pero también sabemos que no puede no ser así, y  no es cuestión de deseo o atracción.  François, se obsesiona, en este punto, con la idea del tiempo, e intenta buscarle una explicación al momento en que esto sucede, para evitar volver a su vida de antes. De esta forma intenta explicarlo haciendo acopio de la mecánica de fluidos, a través de la cual se establece la incapacidad de los mismos a resistir esfuerzos constantes, y se estudia a las fuerzas que provocan estos gases y líquidos, así como la interacción existente entre ellos y el contorno que los limita; a partir de ahí se suceden las hipótesis que sostienen las dos leyes de termodinámica, el concepto de conservación de la masa y de movimiento, e incluso nos hace pensar, en el plasma, como ese estado de materia agregada, que posee características propias, pero que no es importante, al final, para el colectivo, en cuanto a efectos se refiere. A todos estos pensamientos revocatorios, intenta François, aferrarse.
Escenas, donde se hace patente, a través de Rufus, el guardoa de seguridad bancaria, cómo ciertas generaciones, en Francia, pueden estar ligadas aún, a la historia de su Revolución, e incluso tomar partido, por un lado u otro de esta, reafirman los contenidos históricos residentes en las mentes que vivenciaron la experiencia, o incluso en la genética de un país; y esto lo hacen, usando un enfoque libre, mediático y puntual, diferente a lo tradicional, para reseñar un marco histórico-político acontecido.
Por lo que vemos a un Berthier que asume la hipótesis del medio continuo. Es en esta visión, que la cinta nos sorprende.  El personaje, nos sorprende, mostrándose ocupado con que el concepto de la mecánica de fluidos, diciéndonos que éste es continuo a lo largo del espacio que ocupa,  y como dice la hipótesis, ignorando, su estructura molecular y las discontinuidades asociadas a ella, (con esta hipótesis se puede considerar que las propiedades del fluido, densidad, temperatura, etc., son funciones continuas) es así como se le antoja expresarnos ese desacierto de “buena suerte” que descontinua, en un punto, a su línea continúa, casi estática de movimiento: una vida monótona, trabajosa, confusa, hiriente, saboteadora, repleta de ocasos, que le toca vivir.
En ese ensayo, François, desesperadamente, busca, no sólo la explicación si no la forma de volver al estado en que su vida se manejaba entonces.  Para muchos, esto puede ser una visión fatalista, trágica, desalentadora o tenebrosa del tiempo; sin embargo, esa proposición que nos hace el director en cuanto a lo estresante que puede resultar mantenerse a la expectativa de cuándo volverás a pasar por esa racha de mala suerte, o cuándo caerás desde lo alto, o qué tan bajo irás a caer, esta vez, es lo que crea el desafío de la cinta.  No concuerdo con el personaje, en la repercutida obsesión de volver sobre algo que nunca podrá volver, los perros mueren, las personas se distancian y dejan de hacer el amor, los vecinos se mudan…por lo que la réplica, como tal, de un tiempo, es imposible; pero sí es totalmente aceptable, el regreso de Berthier, a su cordura, cuando comprueba que la vida,  el tiempo, vuelve a ejecutar su ritmo de alti-bajos.